viernes, 16 de marzo de 2007

Trans O'higgins


Santiago es una gran ciudad, que tiene un gran plan de transporte, que ha sido un gran dolor de cabeza para los santiaguinos. Pero Rancagua no se queda atrás con su bello plan de transporte. Comenzó siendo un proyecto que nos ofrecía nuevos buses, tarifas más bajas, mayor eficiencia, comodidad y un montón de otros beneficios que son dignos de un ser humano urbanizado. Comenzó todo bien con el cambio de buses. Algunas líneas mostraron toda su elegancia poniendo a nuestra disposición microbuses cómodos y rápidos, choferes vistiendo el uniforme adornado por el logo que representaba todo lo bueno de un plan que hacía sentirnos orgullosos de una ciudad que estaba progresando y tratando a sus habitantes como verdareros miembros de una moderna urbe. Pronto comenzó la confusión por los nuevos números de los recorridos. Ahora eran tres relucientes números los que marcarían el destino de nuestro viaje, y para enterarnos de cuál era el que correspondía a nuestras necesidades debíamos consultar al numerólogo más cercano, ya que la confusión era mayúscula
debido a la total ausencia de información.

Los problemas y decepciones no terminaron allí. Ya que pronto comenzaron a aparecer aquellas micros que creiamos haber dejado en el pasado, pero esta vez lucían el hermoso logo de TRANSO'HIGGINS. La nostalgia hacía de mi un niño al sentir de nuevo el exquisito olor a petróleo, esas ventanas imposibles de abrir y aquellos choferes malhumorados volvían a ser como Moisés guiando a su pueblo dividiendo las aguas de una inundada alameda.

Los tres relucientes dígitos no significan mucho ahora. Nuestros amigos choferes nos han hecho más fácil la tarea al reutilizar los viejos letreros que vuelven a adornar los parabrisas repletos de autoadhesivos. "Jesús es mi copiloto" o "pico pa'l que lo lee" en los asientos., vuelven a acompañarnos en los lentos viajes a travéz en nuestras queridas: "la quebrantahuesos " o "la microondas".

Nostalgia y modernidad son cosas que no van de la mano con la eficiencia que pretendía entregarnos el nuevo sistema de transporte, pero habrá que tomárselo con humor y comprar un helado para capear el calor que sofoca a la hora de esperar eso quince minutos en San Martín.